Bogotá contada

Bogotá merece ser contada. El reto de este blog es sacar a la luz las pasiones, vivencias y emociones de las gentes en la vida colonial y republicana de Bogotá, lejos de la gloria de los próceres, las heroínas y los caudillos.


lunes, 25 de abril de 2011

Endecasílabo para un hombre despreciado

Santiago se abrió paso entre un par de borrachos que se sostenían apoyándose mutuamente con la frente del otro, cayeron al suelo y un bramido de dolor o de queja alcanzó a oírse. No miró hacia atrás, estaba furioso, acababa de discutir con Mónica, su novia, -Disparado esmeril, toro herido. Fue al vestíbulo para reclamar su abrigo, un joven moreno que atendía a la gente:

—Por favor, el abrigo azul oscuro.
—¿Este, señor? (estirando sus brazos para que Santiago viese unos abrigos en la distancia).
—No, ese no es, el mío tiene un corte más clásico.
—Señor, no le entiendo, el suyo que…?
—Que mi abrigo es azul oscuro, corte largo…


Pero el hombre del vestíbulo parecía no entenderle. Apoyando sus manos sobre el poyo de la puerta del vestíbulo se empotró para mirar el fondo del cuarto, oscurecido por una niebla roja y azul que descendía del segundo piso; el ruido era estremecedor y no podía sino comunicarse con gritos o con señas. Pero ¿cómo describir en lenguaje de señas un abrigo de corte inglés y de color azul? Con los pies aún suspendidos en el aire alcanzó a divisar su abrigo, allá, mezclado con unas chaquetas de gamuza ocre y unas bufandas larguísimas que parecían ruanas hippies. Se dejó caer en el suelo para coger otra vez impulso, hincándose sobre el muro de ladrillos, gritó:

—Ese es, el que tiene al frente, arriba a su izquierda.
—¿Este? Señor, respondía el moreno con afán.
—No, repuso Santiago, gritaba a todo pulmón. Le señaló con manos su parte izquierda sobre el armario o guardarropas.
—¿Este es…?
—Sí, sí ese el mío, démelo por favor.
—Oquei amigo, qué vuelva otra vez, dijo el hombre con una sonrisa tímida y cansada.
—Gracias.

Salió caminando hacia la calle, llovía –en esta ciudad siempre llueve- y el ruido, la congestión de la zona eran asfixiantes; era la una de la mañana y parecía viernes de compras o un domingo después misa. Esta ciudad —pensaba, mientras caminaba– parece otra, como si tuviese dos vidas: la de día, y esta. Ambas, tensas, alambicadas o congestionadas. En la acera de enfrente se detuvo un taxi del cual apareció una joven rubia acompañada de un par de amigas, estaban pagando al conductor. Santiago atravesó corriendo la calle para alcanzar a hacerle la señal de pare al taxi, esquivó los carros y sus pitos ensordecedores y los insultos de conductores borrachos, un par de motociclistas afanados casi lo atropellan:--¡atravesado, imbécil!. Aceleró el paso hasta correr y dio un brinco para subir la buhardilla, casi se lleva por delante a un niño que vendía dulces y chicles a al salida de un bar de salsa:

—Oiga, qué le pasa hermano, está borracho…?

Santiago le hizo una señal de perdón a lo lejos, cuando una de las jóvenes acababa de recibir los billetes como cambio de su pago, Santiago alcanzó a hacer la parada al taxi, en un repentino estiramiento de defensa personal.

—Espere, espéreme, esper……gritó, pero no lo escuchó, estaba roncó y apenas podía caminar sin detenerse a toser y el taxi se perdió en el trancón de la carrera 15. Metió las manos en su abrigo, hacía frío y se estaba empapando. La gente que pasaba corría, caminaba apresuradamente para refugiarse del aguacero, un grupo de muchachos se metieron debajo de la cornisa de un café, otros se hacían a la idea de estar caminando por una ciudad costera y se quitaban las chaquetas de cuero para dejarse en camisetas esqueleto, luciendo sus prominentes músculos; la mayoría se limitó a abrir sus sombrillas, Santiago buscó en los bolsillos del abrigo azul corte inglés un paraguas, pero lo único que encontró fue una encendedor azul cielo con figuritas de remildoque incrustadas, era el de Mónica. Sin más por hacer caminó hasta un paradero de buses, que estaba lleno: –bueno, se dijo, al menos aquí me empapo menos. Se puso a jugar con el encendedor para pasar el rato mientras llegaba un taxi: lo prendía y apagaba, oprimía la tabilla para dejar escapar el gas y encendía otra vez, una llama gigante etérea y momentánea alumbraba su espacio y quemaba un poco la empuñadura de su abrigo.

—Cuidado hombre, le dijo un hombre de unos cincuenta años, medio borracho.—Vamos a terminar mojados y quemados.
—Qué pena.

Una mujer que estaba detrás de él sacó una cajetilla de cigarrillos, eran delgados, paquidérmicos, le ofreció uno:

—Quiere uno?
—No, no, es que no fumo.
—Cómo así, y porque lleva el encendedor si no fuma?
—Porque la que fuma es mi …novia.
—Ah, bueno, pero uno para el frío.

Santiago por cortesía y no quedar como un grosero tomó un cigarrillo blanco, encendió el fuego y casi se quema, --¡Carajo!, dijo. El hombre cincuentón riendo le comentó:--Es que los encendedores no son para jugar.

Sí, tenía razón aquel hombre, además Mónica era quien fumaba, no él, -fuego que libremente se ha soltado-. Y a ella nunca le decían nada, salvó en la casa su mamá le vivía diciendo: --No fume, eso da cáncer, o reduce tal vitamina, o alguna tontería. Salió del paradero, la boca le sabía a humo negro, almizcle pasado, aún tenía el cigarrillo. Lo lanzó de un manotón hacia cualquier lado, estaba lloviendo y no había peligro. Pero la colilla pasó cerca de un grupo de mujeres que caminaban con prisa, buscando algún lugar. En verdad, le rozó, le acarició su mano, que estaba cubierta con un guante de seda –o eso parecía-, cuando se cruzaron ella le quedó mirando, casi lo asesina con los ojos, blancos y fulgurantes, a pesar de que la luz se hacía frágil por lo grueso de las gotas de la llovizna, vio la altanería, la malevolencia cruel y mágicamente mezcladas en el rostro de esa joven mujer –león que las prisiones han quebrado-.

Alzó los hombros y se dijo:--Bueno, fue sin querer, mientras veía a las mujeres entrar al café de cornisas lleno de gente refugiada del diluvio. Se volteó para continuar su camino, sintió la cortada fría y pesada de un metal.

—Carajo, está ciego, o qué? Gritó, o eso quiso hacer. De la sombrilla cortante, salió una mano haciendo una especie de señal de excusas, de perdón, y musito algo que Santiago no escuchó.

Arremetió nuevamente: —Y también es sordo, imbécil.

La sombrilla mermó su prisa y volteó, Santiago tenía ganas de partirle la cara, caminó hacia ella y quedó de una pieza, estupefacto, casi anquilosado en un tiempo muerto: era la mujer rubia del taxi, volteó la mirada diciéndole ¡PERDÓN! O eso fue lo que creyó Santiago, pues estaba absorto por la sorpresa, idiotizado, no sabía leer los labios de la gente, pero ese perdón (o que fuera que hubiese dicho) era un elixir, un oasis, una dulce e inoportuna coincidencia. Rayo de pardas nubes escupido. La mujer retomó su camino, pero él permaneció sin moverse, ahora que alcanzaba a verla mejor le parecía más atractiva, esbelta, delicada, en su espalda se formaba un triángulo con su chaqueta de paño gris, cortado por la mitad de arriba hacia abajo, lo que resaltaba su cintura: cerrada, apretada. Luego con su cadera formaba otro triángulo, equilátero o isósceles, no sabía nada de geometría.

¿Qué le había dicho después? Intentaba recordar, pero era poco lo que llegaba a su memoria, le habría dicho, perdón. O le habría dicho; ¡huevón!, o ¡imbécil!, o ¡córrase!, como la otra de mirada asesina. No, no podía ser, no tenía cara de ser grosero. Pero es que la percepción no tiene nada que ver con las palabras, menos de una mujer, y menos aún, de esta rubia, que ya la sentía suya. La había pensado en los últimos ¿cinco minutos? O diez, no sabía. Qué hora era. Sería buena idea seguirla para ver a dónde iba. No, pensó, ella creería que soy un imbécil o un hombre sin orgullo, y no, eso no, volvió a decirse. A todas estas recordó que Mónica se había quedado (o él la había dejado, cuestión de puntos de vista) sola en el bar, no iría a buscarla, ¿O tal vez sí?, no, no. Hacer lo uno o lo otro, seguir a su rubia o volver con su novia eran soluciones cerradas, tontas, sin sentido.

Decidió que seguiría buscando un taxi, volteó para retomar su camino y el frío del aire le golpeó el rasguño del paraguas de la rubia -espada que la rige loca mano-, sintió después de mucho tiempo la respuesta de su sistema a la agresión de la sombrilla.
–Ay, cómo duele. Se llevó la mano al rostro y se sobó el pómulo izquierdo para calentarlo, estiró las empuñaduras del abrigo para quitarse la sensación de dolor, mientras tanto un joven de la calle se le acercó sigilosamente, Santiago al sentir la voz del muchacho dio un brinco que casi lo hizo irse de bruces hacia atrás.

—Amigo, necesita un taxi…?
—Sí, no, digo sí sí.
—Bueno, sí o no hermano.
—Que sí hombre, sí necesito un taxi.
—Entonces, péreme, ya le consigo uno.

La gente caminaba apresuradamente, serpenteando grupos, oscilando entre personas atornilladas o mezcladas bajo sombrillas. Se corrió hasta el borde el andén para que no lo fueran otra vez a rasguñar. Se fijó en una jovencita que peleaba con su sombrilla, en la saliente de un bar, no podía acomodarla, parecía atropellada, sin sentido lo que hacía, luchaba con el agua, con su desparpajo de paraguas: se enredaba su buzo de lana con los ganchos de ésta, parecía una escultura giacommetisca. Santiago se acercó para ayudarle.

—Pero esta sombrilla moja más de lo que protege, comentó para hacer reír a la joven.
—¡Y a usted qué le importa! Respondió con rabia acumulada y escupida en una ráfaga de palabras.
—Uy!, qué pena…
—No, no se vaya, dijo la joven. No lo quería gritar. Pero es que yo así y usted haciéndome chistes….
—No me estaba burlando de usted. Afirmó.
—Pues a eso sonó,
—No, no era eso lo que quería dar a entender
—¿Entonces?
—Entonces, ¿qué?
—Pues…, pensó un momento Santiago, mientras deslizaba la yema de su dedo pulgar sobre las cejas para intentar quitar el agua retenida--, pues, nada, quería ayudarla.
—Ah bueno, entonces ayúdeme.

La joven le alcanzó el armatoste de ganchos que salían como espigas cortantes, enrevesados unos con otros, agarrando un pedazo de la tela áspera de la sombrilla. Intentó poner algo de orden, primero acomodar las pinzas articuladas, pero la lluvia no permitía hacer algo tan minucioso, luego, trató de amarrar la tela negra y áspera, pero era muy corta. Intentó, ya por ultimó, solucionar el enredo enredando más las cosas -no hay nada mejor que el desorden para allanar otro desorden-, pero cuando creyó que había terminando un latigazo le golpeó en el rostro.

—Jueputa, jueputa sombrilla, y la lanzó en el acto al suelo con rabia.
—Pero qué le pasa hombre, no sea abusivo, si no la quiere arreglar no la tire.
—Es que no ve que esto es un amasijo de alambre, una basura.
—No, no, pero usted si…. Me hubiera quedado sola.
—Ah, pero, pero….

Iba a terminar esta conversación inútil, sin sentido, como esa maldita sombrilla. Cuando volteó su mirada hacia la calle, vio que el muchacho de la calle que hacía un rato (cuánto se había demorado en todo este embrollo) le abría la puerta de un taxi a una pareja que se subían con prisa, del automóvil emergió una mano con un billete en los dedos que buscaba a tientas la mano del muchacho. Éste agarró el billete y asintió con la cabeza elevando su dedo pulgar y formando un puño con los otros. Salió corriendo ofreciendo su ayuda a los desamparados que se escondían en la cornisa del café, y desapareció doblando la calle.

Mierda, mierda. Ahora qué hago, pensó Santiago. Atrás suyo la muchacha de buzo azul de lana, se alzaba el cuello tortuga para resguardarse del frío y la lluvia. Mientras lo miraba cortante, alcanzó a ver que le decía algo entre labios.

¿Qué le habría dicho?: gracias, no. Perdón, menos. Más bien huevón, marica, pues se había percatado de su vocabulario soez y aptitud grosera. Se fue caminando, sin saber hacia dónde; doblar a la derecha, pero estaba cerrada la calle por la construcción de un parqueadero; hacia la izquierda, pero estaba solo y le daba un poco de miedo; al oriente, no, era calle vacía y no había posibilidades de conseguir un carro. Se llevó el puño cerrado a la boca, dándose golpecitos contra el mentón. Decidió caminar por donde el chico de los taxis lo había hecho, intentó esquivar a unos jóvenes punkeros que casi lo hacen caer, se burlaron y continuaron molestando a los caminantes, se recompuso y sorteó a unos vendedor de minutos a teléfonos móviles:

—Minutos mono…? Minutos a todo operador. No, no, decía intentando espantar a los vendedores como si fueran moscas. Manoteaba con los ojos cerrados, como en una lucha con la lluvia, sentía todavía el latigazo que le escupió la sombrilla, la muchacha desagradecida, el ruido de los vendedores, de los que esperaban taxi: todos lo exasperaban, y manoteaba para librarse de su dolor, de su rabia, de todo.

De pronto, sintió que había dado un golpe seco sobre alguien, mientras intentaba secarse las cejas con la yema de sus dedos, la rubia del taxi, con sus ojos verdes coléricos, sin vacilar le dijo: --¡Abusivo, está ciego o borracho!, respete, -villano rico con poder tirano-. Santiago acabó de secarse las cejas e hizo un ademán de excusa, ella se sacudía el agua que la golpeaba en el pecho e intentaba arreglar nuevamente el nudo de su bufanda violeta que Santiago había dañado en un segundo.

—Es que usted si… está loco. Ah, pero si fue usted, ahora se desquita de lo de hace un rato…?
—No, no. No dijo más. Santiago no habló, no se defendió.
—Lo conoces?, le preguntó una amiga.
—Sí, hace un momento casi me arranca el paraguas.
—Aja, y encima de todo….

Santiago sintió una rabia que subía por su pecho, por su cuello, le calentaba el rostro, pero no habló. Cada vez que abría la boca terminaba mal, se quedó mirándola, embobado con el escote descubierto mientras se arreglaba la bufanda. Una de sus amigas, con la mirada afilada, punzante le gritó:

—¡Borracho!.

Santiago se quedó allí como una estatua de sal. La rubia se arregló su bufanda violeta y se cerró la chaqueta de paño grisáceo, más tranquila pasó al lado de él, musitando algo así como –Ummm, hummmm. Las mujeres se alejaron hablándose al oído y mirándolo de reojo. No fue y ya no sería su noche. Ni la rubia, su rubia, “mi rubia”, ni su novia, o su ex, o lo que fuera, o las amigas de aquella, o la mamá de ésta. Nadie ni nada le servían de consuelo, de remedio para su mala fortuna. Porque desde que tuvo que pedir a gritos su abrigo, nadie, nadie lo escuchaba. Y él sí, tenía que aguantar palabras, regaños y mil entelequias más. Por un momento pensó en seguirla y explicarle la situación, le mostraría los latigazos de los últimos minutos, el de ella. Pero no, cualquier intentó de salvar la noche sería infructuoso, recordó un soneto de Quevedo que alguna vez leyó: serpiente o áspid con el pie oprimido. Esa es la mujer…

—Pero no se trataba de la mujer ofendida en la cama, no. Ni de la burlada. Nada de poético había en todo esto. Y sin embargo, cómo se parece la vida a la poesía, un mal verso a una mala noche. Ah, todos tenemos días así. Un taxi se detuvo y lo recogió, se fue.

jueves, 23 de diciembre de 2010

¿CACHACO? NO, ROLO, QUE ES MUY DIFERENTE

Eduardo Arias
Semana. Región Capital
Octubre de 2010

Antes del 9 de abril habría sido muy fácil escribir acerca de lo que significa ser bogotano. Por un lado estaban los cachacos del café Windsor, las quintas de Chapinero, La Magdalena. El Nogal y La Merced, con sus trajes de paño inglés cortados a la medida, sus elegantes maneras y su ingenioso humor. El resto (el 90 por ciento, los habitantes de las barriadas) sencillamente no existían, salvo que en las acuarelas que pintó Edward Mark sobre los días de mercado, y los cachacos los querían tan invisibles que las casa de las familias bogotanas tenían entrada aparte para el servicio y escalera de servicio para que llegaran a la cocina y al patio de ropas sin cruzarse con los dueños de casa o las visitas.

Pero después del 9 de abril, Bogotá creció tanto y a ella llegó tanta gente de afuera, que eso que llaman “cachaco” es hoy en día en Bogotá una especie exótica. Una minoría étnica. Por ese motivo nunca sobra advertir que una cosa es un cachaco y otra un rolo.

El cachaco es (o era), ante todo, provinciano y excluyente. Le gusta referirse a la gente que no es de Bogotá con la expresión “gente divinamente de tierra caliente”. Avergonzado de ser colombiano, se las tira de inglés, o de francés y les encanta escarbar en rancias genealogías en busca de ancestros ilustres.

El bogotano raso, o rolo, en cambio, es una confusa mezcla de andino cundiboyacence con paisa, tolimense, santandereano, valluno y llanero, que sencillamente responde al género “habitante de Bogotá”. Puede ser mono ojiazul o negro. Puede hablar el dialecto gomelo javeriano-uniandino, o el de Ciudad Kennedy o el de Guapi.

Ejemplo y orgullo de nosotros los rolos, los bogotanos rasos, es el futbolista Fabián Vargas.

Por ese motivo a los bogotanos nos resbala cuando los barranquilleros fundamentalistas se refieren a los cachacos con ese desprecio que a veces les sale del alma. “¿De quién nos estarán hablando cuando nos dicen lanudos?”, nos preguntamos. “¿De Yo José Gabriel?”. Porque los bogotanos que uno se cruza en las calles muy raras veces responden a ese arquetipo que nos han endilgado. Andamos más bien de afán, metidos en nuestros asuntos.

Claro, como la ciudad es grande y el clima es a veces frío y gris, eso se refleja en nuestra manera de relacionarnos con el prójimo. A ratos se nos salta el mal genio. Pero en esos no nos diferenciamos de un costeño ni de un paisa y mucho menos de un santandereano. Carecemos del don de la hospitalidad que caracteriza a los paisas. No somos tan entradores como los vallunos. Tal vez por eso nos hemos ganado la fama de inmamables. Pero eso pasa en todas partes. Las habitantes de las ciudades donde se trabaja y genera riqueza, como Milán o Sao Paulo, cargan con la misma mala fama que nosotros los rolos. Sabemos que nuestra ciudad tiene un nombre feo y despedidor (¿A quién se le habrá ocurrido cambiar Bacatá por Bogotá?), que la ciudad no es Paris ni es Londres a pesar de lasa vanas pretensiones e ilusiones que la respecto tenían nuestros abuelos cachacos. Pero nos encanta el friecito de las madrugadas y del atardecer, el color verde perico que adquieren los cerros de la ciudad en la última media hora de la tarde cuando hace sol.

Y sobre todo, nos encanta Cundinamarca. Casi nadie habla de la belleza del departamento que nos tocó en suerte. No tenemos haciendas cafeteras convertidas en hoteles, como El Eje Cafetero, ni pueblos atiborrados de compradores compulsivos de artesanías y universitarios en plan de rumba, como Boyacá. Pero tenemos la sabana y sus páramos circundantes; el clima medio con sus cafetales de sombrío; bosques de niebla, ríos que bajan hacia el Magdalena, hacia los llanos… sólo nos falta un pico nevado y un par de playas para sentir (no nos haría falta decirlo, no es nuestro estilo) que vivimos en le departamento más hermoso del planeta.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Una solitaria muerte

Me contaba Susana hace un par de días, que en septiembre del año pasado, cuando se estaba instalando en Londres, cerca de Locklands, antiguo East End, en el primer piso de un edificio que miraba al Támesis, un olor fuerte y hediendo se sentía en el ambiente, cada vez con mayor fuerza desde hacía unos tres días. Un día cuando salía en la mañana para las clases de maestría en el London College, Michael Tromfhonn, del segundo piso, le contó que la señora del tercer piso, Helen Stranford había fallecido hacía unos días de un paro cardíaco. Nadie se enteró, no hubo ruidos ni llamadas de emergencia, todo transcurrió en un solemne silencio: murió mientras dormía. Recuerda Susana que pasaron días para que notarán en el edificio la ausencia de la señora Stranford, uno de los primeros en percatarse de esto fue un vecino del apartamento de al lado, quien pasaba en las tardes a comprarle algunos pasteles que ella preparaba, o el administrador del edificio que en su diligencia de cobró de arriendo tocó a su puerta y nunca le abrieron, dejando sólo un recado en portería. El caso es que la señora murió y nadie se enteró, y ni siquiera esto es lo importante, nadie estuvo a su lado, cerca o disponible para acompañarla en su último viaje.

Mujer soltera, sin hijos, nietos, salvo algunos sobrinos y sus dos hermanos mayores, no recibía visitas de familiares. La señora Helen se había dedicado a la repostería, tuvo algunos locales cerca Chelsea, en el Canary Wharf, hacía unos diez o doce años. Su figura rechoncha y dulce le daba la sensación de abuela feliz y afable, de una mujer tranquila y dispuesta a compartir sus deliciosos pasteles, biscochos, y demás delicias. El pastel de fresa con crema de leche descremada y centro de chocolate y nueces era uno de sus platos predilectos, según lo cuenta su hermana Elizabeth, quien vive en Newclastle –under-Lyme, y se enteró por una llamada de un agente de la Scotland Yard, que en tono seco le comunicó que el cuerpo de su hermana reposaba en “medicina legal” de la ciudad. En tanto su hermano Ronald, que vive en Liverpool, se encontraba de viaje en Chicago visitando uno de sus hijos, se enteró de la muerte de su hermana justamente el día en que iba a ser enterrada. Obviamente no pudo viajar hasta Londres, y me contó Susana en sus pesquisas, que no le importaba ir, pues hacía algún tiempo que no hablaba con su hermana. Los motivos únicamente los conocen ellos, pero que uno de sus hermanos no tuviese contacto con la señora Helen desde unos meses atrás, hacía más triste su soledad y retiro del mundo. le habían diagnosticaron gota, hacía dos o tres años –Susana no recuerda con exactitud-, razón por la cual vendió sus locales de repostería en Chelsea y tuvo que enclaustrase en su apartamento.

Cuando Susana llegó a Londres la señora Stranford ya estaba enferma, no caminaba mucho, se dedicaba escuchar algunos discos de rock and roll mientras preparaba sus recetas, algunas veces jazz o Chopin. Después de la hora del té, quedaba en silencio, y una pequeña luz se divisaba desde los pasillos del edificio. Siempre le regalaba cada semana un pastelillo de nueces, miel y avellanas, que ella guardaba para la cena, pues la comida en Londres es sumamente costosa.

Al entierro, cerca de Saint Paul, asistieron pocas personas, entre familiares, vecinos y clientes ya envejecidos de su repostería de Chelsea, no superaban veinte dolientes. Aquel día, me contaba Susana, el día era triste, grisáceo y el viento de otoño se asemejaba a la entrada del invierno. La ceremonia de exequias tardó un cuarto de hora, nadie lloró la partida de la señora Stranford, lamentaban lo triste de su fin, que nadie hubiese estado allí, aunque sea para saber que había muerto, y no saber esto por el hedor del cuerpo sin vida. Murió como vivió, comentaba el vecino del apartamento contiguo que comía sus pasteles con deleite casi a diario: sola y con la compañía de su gata Alice, que ahora Susana cuida y es su mascota, y acompañante en las noches de estudio en su pequeño espacio del edificio.

Días después Elizabeth Stranford empacó algunos discos en acetato de los Beatles, de Yardbirds y otros grupos de rock and roll, que de joven escuchaba y enloquecían a su hermana, unos libros, el tocadiscos, además de utensilios de cocina, cartillas de receta y un sofá imperial. El resto fue empacado y repartido entre personas que malvivían en el sector (estudiantes, artistas, escritores, vagabundos). A Susana le angustia la posibilidad de morir y que nadie se entere. Para ella el espectro de la soledad es refugio poco recomendable y penoso para cualquier persona, en especial los jóvenes, como ella. Por eso, se acompaña de Alice en las noches, de amigos de la Universidad, y de alguno que otro desocupado que la visita, como yo, que escribo estas líneas después de la hora del café – a Susana no le gusta el té- y de una película de Woody Allen que acabamos de ver.